8/19/2006

Añoranza de lo perdido

El contento adquirido por el cuerpo en la ausencia material de televisiones, radios, prensas, revistas, y ordenadores a mano, durante unos días de retiro anímico y espiritual por las eucalípticas tierras que el rey Pelayo dominó antaño, ha sucumbido ya ante el vómito de la siempre recurrente actualidad informativa. ¡Plof! Está visto que hubiera sido mejor idea quedarse allí, ajenos a toda civilización cotidiana: la de las pantallas, y rodeados de esplendorosos olores, aves, montes y rincones sagrados. O haber huido de la tarea impuesta complacidamente hacia otras latitudes: los acantilados de Moher, submarinismo en las Maldivas, los fiordos, Micronesia, la máquina del tiempo, la Patagonia, el Serengeti, el descubrimiento de nuevas américas que colonizar e impregnar con mi propio nombre –poderoso Ego, el nuestro-, los templos de Angkor Wat, o un viaje interespacial directamente. Cualquier excusa sería buena de no ser por la fragilidad de estas ilusiones, que una va almacenando en la cavidad onírica del encéfalo, ante la eclosión manifiesta de nuestra deplorable realidad: don Pecunio. ¿Qué queda de nuestra existencia cuando no queda en nuestra existencia dinero alguno? No ser. Olvidemos pues los sueños...


Volviendo al triste suplicio de ver las mismas calles, las mismas edificaciones, los mismos coches, los mismos vecinos de toda la vida, los deprimentes libros de Contabilidad que gobiernan punzantes el desorden del escritorio, sepultando incluso al siempre inmortal Borges que nunca terminaste de comenzar a leer..., queda llorar. Y llorar sin contemplaciones. Amargamente. Poco más. Llorar: la añoranza. Vivimos de recuerdos, no hay más. Es improbable que, al regreso, las ansias de olvidar el choque contra el final del reposo no hallen de por medio, implacables ellas, un mando a distancia, un titular, una deriva informática, o simplemente una charla en la cola de la panadería. Y, ¡leñe!, la política otra vez. Sí, eso que permanecía hibernando en las fosas de la memoria de algún loco obsesionado con no sé qué compromiso humano. Ha vuelto sin capacidad alguna para reaccionar a tiempo: no quedan Vetustas a las que regresar, porque los días se agotan ante los ojos y el fulgurante avance de los amaneceres es vertiginoso. ¿Y qué demonios decía Kundera sobre el exilio? ¿Acaso no sería el exilio una solución para evadir la obcecada destrucción que el día interpone en nuestras vidas? Releo un fragmento didáctico de gran ayuda en La ignorancia:

En griego, “regreso” se dice nostos. Algos significa “sufrimiento”. La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia) y, además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos “añoranza”; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería homesickness, o en alemán Heimweh, o en holandés heimwee. Pero es una reducción espacial de esa gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, distingue claramente dos términos: söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimfra: morriña del terruño. Los checos, al lado de la palabra “nostalgia” tomada del griego, tienen para la misma noción su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es styska se mi po tobe: “te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia”.

Nada. La constancia de nuevos planetas en el universo da la salida hacia un frenético ir y venir de novedosas arcadas, que es lo que una y otra declaración de los desgastados protagonistas del espacio púb(l)ico va produciendo automáticamente en el subconsciente. Y en el irascible estómago. Otra vez cascos azules. Otra vez Gallardón. Castro no acaba de cascarla aún. Y, hoy, el colofón: un Anasagasti marchito sugiriéndole al Presi juegos de manos bajo la mesa, charlas entre corbatas y pistolas de tapadillo. ¡Oh, Eros! Jamás llegué a pensar que la edad produjese semejante atolondramiento neuronal, y hormonal. Ahora va a ser que la política es simplemente un tapete bajo el que la lascivia varonil rechina. Y la líbido nacionalista no deja lugar a dudas: huyamos, huyamos lejos cuanto antes. Epicuro: “Libérate, hombre libre, de la cárcel de la política”. ¿Qué queda?, me repito. Queda decir “otra vez esta jaula”. Otra vez la vida. Aterrizamos, y otra vez la muerte destacada con rojo en nuestros calendarios. Fuir! Fuir! O morir.

4 comentarios:

Ignacio dijo...

Claro:
Yo tampoco he ligado este verano

Marta dijo...

Ejem...

VICTRIX dijo...

Lamento la intromisión y ser tan curioso e indiscreto pero nunca tan pocas palabras me generaron tanta curiosidad jeje. No confundamos sensibilidad u odio a la rutina con no ligar. Una persona sin pareja muestra menos sensibilidad a la hora de escribir que ésta chica. Véase mi escritura, claramente racionalista, monótona y triste. Vamos, como la de alguien cuya novia se ha ido lejos y no liga desde Mayo (ahora sí, “ejem...”) Además, si alguien me dijese algo del estilo a “Yo tampoco he ligado este verano” no contestaría sino que me mordería las uñas desquiciado. A falta de que alguien nos saque de dudas, en ésta clase de asuntos mi intuición está muy acentuada. Al margen de mi intromisión añadir que luego intentaré comentar su artículo (o mañana) ya que ahora estoy algo atareado. Los días deberían tener más horas. Un saludo.

VICTRIX dijo...

Lo prometido es deuda; aquí me encuentra para comentar algo sobre éste nuevo e interesante escrito pero no sin antes agradecer sus palabras a mi artículo sobre Castilla y León. Pero no las merezco ya que es una insignificancia lo que conozco de la historia de castellano-leonesa. Y a pesar de todo sigo creyendo que mi forma de escribir me delata como una persona maniática, excesivamente ordenada y con un carácter un tanto seco y frío, sobre todo desde hace una temporada hasta ahora. Y es por eso, y ahora enlazando con su artículo, por lo que soy amante de la rutina de modo que en esta ocasión, para mi sorpresa, mi postura no puede coincidir con la suya de ningún modo.

No puedo negar que las vacaciones son muy relajantes, y bien lo se yo, ya que este año no las he tenido y bien que las he echado de menos. Es un placer cuando cierras la puerta de casa y te percatas de que vas a dejar a un lado las preocupaciones durante unos días en los que visitarás sitios nuevos e intrigantes que siempre has querido conocer. Pero incluso las veces que he estado en el extranjero he tenido la necesidad de enterarme de cuanto sucede en mi chapucero país, que tanto añoro cuando lo abandono una semana. Incluso actitudes que normalmente odiaría hasta las últimas consecuencias me parecen reconfortantes en un ejercicio de irracionalidad, como por ejemplo el vocerío en las terminales de los aeropuertos españoles.

Y qué decir de la felicidad que supone volver a ver las mismas calles, la misma gente o los mismos libros... (los mismos vecinos no) Pensará usted que soy una persona extraña, y seguramente acertará, pero necesito volver a la rutina casi más que salir de ella unos días. Incluso no me disgusta volver a comenzar el curso académico (ésta información pido que no sea desclasificada) y volver definitivamente a mi apreciada rutina. Lo que si comparto es eso de que “vivimos de recuerdo” Así es, la mayor parte del día la pasamos recordando momentos ya pasados o pendientes de obligaciones (exámenes, clases, salidas etc) y esperanzas futuras. Consumimos calendarios sin darnos cuenta de ello.

Un saludo.