9/22/2006

Reflexión tonta

Los héroes mueren. Los amigos, al cabo, se resbalan de las manos. Los sueños en sueños quedan: inalcanzables, pues sólo eso los afirma como sueños. Las casas se derrumban y los niños crecen. Y un día acristalado como el de hoy, cual pared blanca sobre la que no hay posibilidad de escapar, es síntoma de que la melancolía barata que se desprende de cada una de estas líneas no es culpa mía. Faltaría más. Los amaneceres tienen final, y uno tras de otro, van siempre acabando. Se agotan. Se exprimen, y sus restos huyen desprovistos de fidelidad ante nuestra siempre finita mirada. ¿Qué es sino fugacidad el diagnóstico de la vida? Nuestra presencia, nuestra torpe imagen móvil, se esfuma de nosotros mismos a cada instante. Todo se pierde, todo muere, salvo el tiempo. El tiempo siempre nace, para con ello envilecerse más ante nuestros desvalijados rostros, los cuales quema cada día sin piedad o conmiseración alguna.

El mundo está repleto de tumbas. Por doquier. De muy distintas formas, colores, tallas y épocas. Siempre, tras de ellas, se esconden vidas. Vidas arrebatadas. Una guerra es poco más que la consecuencia de vivir. Vidas muertas; todas, terminan en un foso de escasos centímetros, sepultadas por la desidia humana, por la soledad de un terreno pedregoso, de un suelo frío, áspero, huero, y de un cielo que moja, que llora si acaso para perdonar su nuevo día en el cual nada será semejante al anterior, en el cual nosotros ya no estaremos. Frente a esto, almas, espíritus, males, bondades, llamas o purgatorios, me son insignificantes. Las religiones son tupidas redes de mitificaciones que se ofrecen a nosotros con el objetivo de dilapidar la realidad: de falsificar y hacer bello aquello que es certero por sí, y como certero, horrible. De existir un dios, o varios, dejarían inmediatamente de denominarse dioses. ¿Y qué es entonces una congregación masificada de personas que afirman la existencia de algo que no es? La religión es mentira. Como toda palabra, como todo calendario, como las banderas: pegamentos. Son códigos, de interpretaciones, son vanos laberintos en los que perderse hasta el momento de hallar el mármol frente a nuestros rostros. No hay justificación alguna, no la hubo en dos siglos de pensamiento y no la habrá nunca: el tiempo mata. El reloj nos aniquila. Siempre. La ruda lengüeta llamada vida no es sino una cinta que nos va transportando, inconsciente e incluso plácidamente, hacia su boca. Y no hay más. No hay.

9 comentarios:

eduardo dijo...

Es sabido que el (auto)engaño es una táctica beneficiosa, así que tendemos a engañarnos con respecto a la importancia del tiempo. El tiempo es más determinante que la clase social, el caracter, la nacionalidad, incluso la salud. No hay nada más determinante que el tiempo (la edad) en una persona.

Marta dijo...

Estoy completamente de acuerdo con usted, Eduardo. Si bien, hay un matiz que me gustaría contradecir de su lúcido comentario: la edad. Pienso que la edad también es un modo de (auto)engaño. En realidad, creo que no es más que eso, un modo más de ocultar el tiempo mediante la estética, o directamente la ridiculez, si me permite. ¿Qué es acaso sino un número, un código, que podría ser perfectamente sustituible por otro? ¿Qué edad tengo yo? Yo sólo tengo tiempo...

Gracias, y un saludo.

Eduardo dijo...

Sí, pero es que la determinación positiva de nuestro "tiempo" se llama "edad", y figura en el DNI.

A partir de 30 confesar la edad "real" empieza a ser un problema. Los científicos sociales consideran que la juventud sociológica se termina, más o menos, a los 30. No creo que sea una pura "convención" o una "ridiculez"; debe haber algo en nuestra naturaleza.

VICTRIX dijo...

Interesante su reflexión, que de tonta no tiene nada, por cierto. Creo que fue Hume uno de los primeros filósofos que se preguntó por un asunto similar, al plantear la aleatoriedad de las variables nominales frente a las reales, y como las variaciones de las primeras no afectan realmente al valor total de las últimas. Las unidades monetarias, al igual que sucede con las divisiones en meses, son aleatorias y sujetas a variaciones, pero necesarias como forma de organización de un mundo que acaba por ser inseparable de las mismas e incomprensible sin éstas. Efectivamente, usted tiene tiempo no meses o años. “Todo se pierde, todo muere, salvo el tiempo” Estoy de acuerdo, pero permítame usted añadir que la esperanza tampoco muere. La vida es una sucesión de esperanzas y miedos determinados por el tiempo. La religión, como cualquier otra cosa, no es sino una manifestación más de esto.

Un saludo.

eduardo dijo...

Si tenemos "tiempo" y no edad...a los que tenemos más de 30 ¿por qué nos cuesta tanto confesar la edad?

VICTRIX dijo...

A mi modo de ver “la vida es una sucesión de esperanzas y miedos determinados por el tiempo” así que supongo que tengan ustedes miedo a que un dato nominal les haga conscientes de que pueden haber pasado los mejores años de sus vidas. Y miedo a comprobar que la vida pasa muy deprisa. Temerían ustedes lo mismo si no existiesen los “años” porque estarían comprobando que el tiempo pasa, pero los años son quienes realmente nos concretan y nos recuerdan cruelmente este hecho. Un saludo

Samuel dijo...

En ocasiones la edad puede parecer engañosa. Como bien dice Marta, la edad es un número, una cifra, es "tiempo". No obstante, es cierto que la naturaleza interviene, pero ni todo el mundo madura a la misma velocidad ni todos los individuos llegan a madurar completamente.

¿Le cuesta más a las personas que pasan los 30 años confesar su edad? Desde mi punto de vista, es una pura generalización. Mis escasos dieciocho años me causan una enorme agonía, y sin embargo, la vida me dice que "carpe diem" y que no hay que perder el tiempo.

Yo personalmente no creo en que sea una obligación moral el "carpe diem", ni que haya de tomarse éste como un imperativo. Es más bien consustancial a la juventud. Pienso yo.

En definitiva, a mi juicio, no puede tomarse la edad como un reflejo del tiempo. Hay viejos-jóvenes y jóvenes-viejos, que la vida maltrata de forma especial. Otros que prefieren vivir en la inconsciencia y a los que pasa inadvertido el tiempo.

Yo preguntaría otra cuestión, ¿por qué se encuentran individuos de cuarenta años que apenas tienen una educación normal, y otros niños prodigios que hablan como si llevaran una eternidad viviendo?

Por ende, yo creo que el tiempo sí que determina a una persona, que no la edad. En un año "real" pueden pasar varios años en el aprendizaje de una persona y en veinte años pueden apenas vivirse cinco minutos si uno no dedica el tiempo pertinente para meditar sobre lo vivido.

Un cordial saludo!

What if... dijo...

Dicen que el cerebro necesita del sueño entre otras cosas para "asentar" los conocimientos adquiridos. Así en la vida, hay periodos en los que uno aprende y otros en los que analiza lo aprendido. Y ambos han de estar equilibrados. Cuando no lo están, o bien es una carrera sin objetivo, o un círculo vicioso cuyo único fin es autoalimentarse.

Supongo que la edad que el cerebro siente obedece más a los ciclos de estos periodos que a las cifras de un calendario.

Saludos

QRM dijo...

Los héroes no mueren.Si su ejemplo nos emociona, viven en nuestros corazones.